ÁMBAR Y TELMA: FRENEMIES

Ámbar y Telma en un momento de paz

Ámbar y Telma en un momento de paz

Amigas, lo que se dice amigas, amiguis, amixers, no son, pero al menos se toleran. Es todo un logro considerando lo traumático de su primer encuentro. Sabíamos que sería difícil para ambas, pero lo que ocurrió el día que se conocieron, no lo calculamos.

Ámbar es nuestra primera gata, llegó a mí muy chiquitita, era curiosa, amigable, muy demandante, pero como se crio sola y casi nunca venían visitas a mi casa, desarrolló un recelo y hasta miedo hacia cualquier persona que no fuera yo.

Cuando me mudé, Ámbar conoció un papá. Bueno, ya lo había visto antes así que para ella fue más fácil acostumbrarse, aunque cuando se trataba de decidir sobre las piernas de quién quedarse dormida, siempre tiraba hacia la mamá.

Ámbar en mi regazo

Ámbar en mi regazo

Ámbar fue la reina de la casa, todo era para ella, las caricias, los apachurres, las rascaditas, los premios, la caja de arena, el plato de agua, el plato de comida, los juguetes… todo. Pero se quedaba sola casi todo el día y cuando llegábamos del trabajo en la noche, parecía reclamarnos nuestra ausencia, y eso nos partía el corazón.

Después de meditarlo por algún tiempo, de analizar los pros y contras, de calcular espacio, tiempo y presupuesto, decidimos adoptar otro gato. Pensábamos que nos sobraba amor para otra mascota y que la compañía le haría bien a Ámbar. Así que algunos meses luego, llegó Telma.

Telma es la antítesis de Ámbar, por no decir su némesis. Mientras Ámbar es hosca, Telma es muy cariñosa y dócil. Ámbar le teme a los extraños y a Telma le encanta estar rodeada de personas. Ámbar protesta mucho cuando no se le hace caso, y Telma apenas si maúlla. Ámbar es eticosa para comer, y Telma come todo, TODO, lo que se le ponga en frente.

Telma en su primer día en casa

Telma en su primer día en casa

El día que Telma llegó a casa tratamos de mimar mucho a Ámbar y la cebamos con mucho Fancy Fest de salmón. La pobre ni se imaginaba lo que estaba por ocurrir, y nosotros tampoco. Telma estaba en su kennel con la reja cerrada y Ámbar estaba adentro, entonces cometimos un grave error, sacamos a Telma de la caja y la cargamos. Cuando Ámbar entró a la sala y la vio, pensó 5 segundos, luego levantó el lomo con los pelos erizados y lanzó un bufido que jamás en nuestras vidas de amos habíamos escuchado salir de su hocico. En ese momento, Telma saltó y con ayuda de sus garras trepó y se aferró a los ladrillos de la pared, asustada. Fue horrible, horrible, horrible.

Casi nos ponemos a llorar, habíamos leído mucho, habíamos consultado con otros dueños de gatos, habíamos planificado introducir lentamente a Telma para que Ámbar se acostumbrase poco a poco a su olor en la casa, pero lo arruinamos todo. “La odia, y nos odia a nosotros”, pensamos.

Ámbar y Telma en una de sus peleas

Ámbar y Telma en una de sus peleas

Las siguientes dos semanas fueron de mucha dedicación. Las encerrábamos una por día en una habitación con suficiente arena, comida y agua, y las frotábamos con trapos para que sus olores se mezclaran por toda la casa. Cuando las dejábamos libres, teníamos que estar pendientes de que no se pelearan. Ante el primer bufido, una regresaba al encierro, y por lo general era Ámbar pues ella empezaba las broncas. La reina sentía que su territorio había sido invadido por una intrusa.

Hermanitas

Hermanitas

El tiempo pasó, los bufidos cesaron, aunque de vez en cuando se meten unas peleas descomunales, pero ya no intervenimos. También se lamen una a otra, comen del mismo plato y duermen juntas. Todo eso nos hace pensar que su relación es especial, como la de cualquier pareja de hermanos. No sé si aman, pero al menos sé que no se odian.